Hace muchos, muchos años, a muchos kilómetros bajo el nivel del mar, se formó el diamante a causa de un calor intenso y una presión muy elevada.
Cuando las explosiones volcánicas sacudieron la tierra, la belleza natural del diamante salió a la superficie y se mostró al mundo.
Hace más de 4.000 años se extrajo en India la primera piedra en bruto (que más tarde se convertirá en diamante). Las leyendas cuentan que los primeros mercantes de diamantes tomaron estas piedras, las tallaron, las pulieron, las transformaron en diamantes y las utilizaron para representar los ojos de las estatuas hindúes. Pero en 1477 el diamante desempeñó un nuevo papel. El archiduque Maximiliano de Austria utilizó la creación de un tallador -un diamante puro y lleno de fuego- y lo montó en una sortija. Con él empezó la tradición de regalar un diamante como promesa de matrimonio cuando dio la sortija a Maria de Borgoña. Eligió el brillante por su refulgente belleza y lo puso en el dedo medio de la mano izquierda de su prometida. Este dedo, según los antiguos egipcios, contiene la vena del amor que va directamente al corazón. Si bien el pueblo ha abrazado la tradición real, la industria moderna de extracción empezó sólo a fines del siglo XIX en Sudáfrica. Sólo mucho más tarde los talladores fueron encargados de hacer diamantes acabados accesibles a un público más vasto. Así empezó la historia de amor del mundo con los diamantes. Actualmente sólo en los Estados Unidos dos millones de futuras esposas reciben cada año sortijas de prometida con diamantes sapientemente realizados.
Pero ¿qué es lo que convierte al diamante en la suprema prenda de amor? Podría ser un mito o una leyenda. Se cuenta que las flechas de Cupido llevaban una punta de diamante, en esto hay una magia inigualable. Pero podría deberse simplemente al hecho de que los diamantes son tan raros.
A nosotros nos gusta pensar que el diamante capturará nuestro amor y lo mantendrá vivo para siempre.
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