   
Conozca qué hacer en estos casos y cómo puede prevenirlos.
Llega el verano y con él las visitas a la playa, a los balnearios y los paseos al aire libre. Por lo mismo, las personas están más expuestas al sol y con ello aumenta el riesgo de los llamados golpes de calor, cuya forma más habitual es conocida como insolación.
Una exposición continuada o excesiva al calor puede provocar un desajuste térmico, denominado golpe de calor, el cual se produce cuando el cuerpo es incapaz de regular su temperatura interna corporal, debido a que los mecanismos neuroquímicos que regulan dicha temperatura, son sobreexpuestos a altas temperaturas, o bien las condiciones de hidratación o circulación sanguínea no son las idóneas.
La insolación se produce por efecto del calor después de la exposición continuada al sol, especialmente en verano. Los primeros síntomas de este cuadro son: dolor de cabeza, fatiga, náuseas, calambres musculares, elevación de la temperatura corporal y sudoración abundante. Si la persona permanece mucho tiempo en ese estado sin tomar las medidas necesarias, se produce taquicardia, la piel se torna caliente y seca, hay adormecimiento y pérdida de conciencia y la situación más grave es la entrada en coma, que puede llevar al paciente a la muerte. 
Hay tres factores que producen un golpe de calor: producción de calor excesiva, temperatura ambiente muy elevada o porque los mecanismos de eliminación de calor del organismo no funcionan adecuadamente. Sin embargo, lo más común es que se de por una combinación de estos tres factores.
Cualquier persona puede ser víctima de un golpe de calor, pero los individuos más vulnerables son: los niños y ancianos, las personas obesas, deportistas, discapacitados físicos o psíquicos, hipertensos, diabéticos, personas con Parkinson o Alzheimer, entre otros.
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